Pensiones: Una frontera invisible de nuestros barrios

Las pensiones y la planificación escolar dibujan una ciudad a dos velocidades.

Existe una frontera que divide nuestros barrios y que no está pintada en el asfalto; es una frontera invisible pero que se siente al caminar por nuestras calles: la edad media de quienes transitan por la acera, la cuantía y el origen de los ingresos que entran en casa a principios de mes o la presencia (o ausencia) de niños y niñas en nuestros parques y jardines, muestran una realidad vecinal a dos velocidades. Mientras que las nuevas zonas residenciales de la periferia crecen demandando equipamientos públicos y el con urgencia, los distritos consolidados, más allá de la almendra central de la ciudad, sostienen su día a día y su comercio de proximidad gracias al esfuerzo (y a las pensiones) de sus mayores.

Un desequilibrio que nos obliga a plantearnos el modelo de convivencia urbana que estamos construyendo de cara al futuro y en el que ya llevamos un tiempo instalados; una ciudad con zonas muy desiguales que no contribuye en nada a que quienes la habitamos podamos conocernos y reconocernos.

Una brecha que empieza en el bolsillo

En el municipio de Valladolid se perciben actualmente más de 80 mil pensiones contributivas, según los registros de la Seguridad Social. Aunque a nivel macroeconómico la cuantía media percibida está por encima de las referencias provincial, autonómica y estatal, rozando los 1600 euros mensuales (ay, cuánto ocultan las medias), la realidad es mucho menos uniforme cuando analizamos los datos de forma desagregada.

Así, si aplicamos perspectiva de género, vemos que la cuantía media de las pensiones percibidas por hombres supera los 1920 euros, mientras que la de las mujeres se queda en el entorno de los 1280 euros. Esta diferencia se traduce en que un pensionista varón ingresa, de media, casi un 50% más que una vecina pensionista.

Esta desigualdad de género que en la ciudad de Valladolid es mayor que la que existe a nivel autonómico y a nivel nacional, es herencia de las trayectorias laborales, del pasado industrial de la ciudad, más segregador en ocupaciones laborales y que durante muchos años (y también a día de hoy) relega a las mujeres a las labores de cuidados, tanto si son remuneradas como si no lo son.

La brecha de las pensiones en el municipio

Sostenidos por mayores frente a periferias mayoritariamente jóvenes

Pero la brecha en pensiones no queda aquí; sino que hay un factor muy significativo para el tema que nos ocupa en este artículo y que tiene que ver con cómo se distribuyen estas más de 80 mil personas a lo largo y ancho de la ciudad y de qué manera las pensiones componen la economía en cada calle y en cada barrio.

Para ello recurrimos al Atlas de distribución de renta de los hogares del INE que dibuja con precisión de mapa social cómo este flujo de dinero se reparte por las diferentes secciones de la ciudad al indicarnos para cada distrito y para cada sección censal qué parte de la renta de quienes viven en ella procede de pensiones.

El último dato publicado por el INE indica que el 26,8% del total de rentas de la ciudad procede de pensiones, pero (y ahora es cuando viene lo interesante de este análisis) hay secciones censales de la ciudad (las mesas electorales en las que votamos), como algunas áreas de Parquesol o la de la Glorieta del Descubrimiento, donde los ingresos por pensiones representan más del 50% de todo el dinero neto que entra en los hogares de la zona, mientras que en el polo opuesto, vemos que, en la mayoría de zonas residenciales de expansión reciente como El Peral, Los Santos o el Pinar de Jalón, el peso de las pensiones en la renta global apenas alcanza el 4% o el 5%, lo que evidencia que son mayoritariamente personas jóvenes quienes las ocupan, con necesidades de servicios públicos que son completamente diferentes a las de quienes habitan las primeras.

Para esta evidencia no se necesitan datos porque, como decíamos al principio, no hay más que pasear la ciudad para constatarlo. Lo que aporta la estadística es la magnitud del desequilibrio, ya que hablamos de zonas de la ciudad en las que las pensiones no llegan a ser el 5% de las rentas hasta zonas en las que superan el 50% y esto tiene que ver en parte con la edad media de quienes viven en ellas, aunque no siempre.

Un ejemplo es la zona nueva que está ubicada junto al Miguel Delibes y a la carretera de Zaratán donde el peso de las rentas de pensiones es muy superior al peso que tienen las personas mayores de 65 años en su población; igual que ocurre en los Pajarillos, junto al túnel de Villabañez. O en sentido inverso sucede en zonas céntricas de población consolidada como en los alrededores de la plaza de la Trinidad, donde las pensiones no llegan al 30% del total de rentas, mientras que los mayores de 65 años son el 45% de sus vecinos, si bien en esto entran en juego otros factores entre los cuales el más importante es el peso de las rentas del capital o empresariales, cuyo desigual reparto analizaremos en otra ocasión.

Dos realidades bajo el mismo cielo: ¿quién sostiene a quién?

En esta figura se representa con un punto cada una de las secciones censales de la ciudad y a cada punto corresponden dos datos, en horizontal el porcentaje de personas en ella que tienen más de 65 años, y en vertical el porcentaje de la renta bruta de la sección que corresponde a pensiones. En ella se observa la correlación mencionada entre peso de las pensiones y peso de las personas mayores, la desigualdad entre zonas con los mencionados valores máximos y mínimos, y algunas de las secciones que se salen de la norma, tal como se ha expuesto anteriormente.

Hay un dato más de esta estadística, en cuyo detalle no entraremos por ahora por la extensión del artículo, pero que es muy revelador: las zonas que tienen mayor peso de las pensiones en la renta total son las que se corresponden con las rentas medias más bajas, y a la inversa, en los barrios con renta media más alta el peso de las pensiones en la renta media es generalmente inferior.


La paradoja urbana: el caso de las escuelas

Como hemos dicho antes, esta segregación por edad y renta tiene un reflejo directo en la dotación y en la gestión de los recursos públicos y, en consecuencia, en la vida vecinal. Un ejemplo ilustrativo de ello es la dotación de plazas públicas educativas.

Mientras en las zonas periféricas, de crecimiento de la ciudad, las familias reclaman con urgencia la ampliación de centros públicos, como ocurre con el CEIP El Peral, debido a la alta concentración de población infantil, o suben a sus hijos e hijas al bus escolar de los centros privados, las aulas de los barrios más tradicionales se van quedando progresivamente vacías por el envejecimiento demográfico y la falta de relevo demográfico.

La paradoja es que sea necesario duplicar infraestructuras e inversiones en áreas nuevas, mientras colegios e institutos existentes en zonas consolidadas ven disminuir sus líneas escolares. Y lo más indignante es ver como los centros privados aprovechan esta oportunidad para aumentar su negocio con la educación.

Mientras tanto en nuestros parques y jardines es cada vez más difícil encontrar a la vez a personas mayores disfrutando del encuentro y la conversación amenizada por el ruido de fondo de la algarabía de los juegos infantiles.


Preguntas para una reflexión colectiva

El análisis detallado de la demografía y de las rentas de las personas a lo largo y ancho del municipio nos deja ante un espejo que plantea interrogantes de difícil respuesta, pero que resulta fundamental que debatamos de manera abierta pensando en el interés general y alejados del beneficio de los poderosos:

  • ¿Cómo deben adaptarse los servicios públicos, el transporte y el urbanismo de proximidad en aquellos distritos donde la mayoría son personas mayores y más de la mitad de las rentas dependen de las pensiones de jubilación?

  • ¿De qué manera afecta la profunda brecha económica de género a la soledad, el acceso a la vivienda y la salud de las mujeres mayores de nuestra comunidad? No debemos perder de vista que hay zonas de Valladolid en las que más de la mitad de sus hogares están compuestos por una persona sola (aunque esto también da para otro artículo).

  • ¿Es sostenible seguir apostando por un modelo de crecimiento periférico que obliga a duplicar servicios básicos mientras las zonas de siempre pierden pulso demográfico?

  • ¿Qué estrategias compartidas, tanto vecinales como institucionales, nos permitirían avanzar hacia un tejido urbano más compacto e integrado y socialmente menos segregado, que facilite una convivencia más heterogénea?

En lugar de cerrar el debate con diagnósticos absolutos, visibilizar estas fronteras cotidianas es el primer paso para pensar, entre todos y todas, qué modelo queremos para nuestras calles y para nuestros barrios; para pensar en conjunto qué modelo de ciudad soñamos.