Valladolid, la eterna ciudad inacabada

Valladolid siempre se queda a medias, un coitus interruptus constante que puede verse en cada esquina. Una medianera de diez plantas asoma por encima de una casa tradicional, una calle extremadamente ancha acaba en un callejón, incluso tenemos el honor de tener una Catedral a medio construir.

Se podría entender Valladolid como una ciudad de soñadores que soñaban por encima de sus posibilidades. Felipe II intentó unificar la imagen de la ciudad llegando solamente a lograrlo en el entorno de una Plaza Mayor que, aunque con voluntad de ser un rectángulo perfecto, tampoco se consiguió. Querían construir la catedral más grande de España, pero se quedaron a medias. Incluso alguien soñó con que Valladolid fuera capital del reino y solo lo fue por unos años. Un soñador quiso construir el Benidorm de Castilla enfrente de la Playa de las Moreras y solo logro construir una torre. Contamos incluso con todo un soterramiento y una integración ferroviaria a medias.

La Catedral - Fernando Pascullo CC BY SA

Eso puede verse como un problema. Y puede que lo sea. Detrás de cada proyecto inacabado suele haber falta de recursos, cambios políticos, prioridades diversas o límites insalvables. Pero entender todo esto solo como una suma de fracasos sería también quedarse a medias.

Valladolid es así y ahí está parte de su identidad. Eso se percibe en la arquitectura y en el espacio público. Hay lugares donde todavía puede leerse la distancia entre lo que se proyectó y lo que finalmente se hizo. Esa distancia habla de cada época, de sus aspiraciones y de sus límites. Los proyectos inacabados te cuentan la historia de la ciudad y conocerlos y conocer sus peculiaridades es fundamental para conocer la ciudad.

Sus cicatrices forman parte de ese relato. Valladolid poco a poco aprende a ver la parte positiva y a sacar más partido de ella. Una medianera puede convertirse en soporte para un jardín vertical o mural como la abubilla de la calle López Gómez. Un retranqueo puede dar lugar a una pequeña plaza. Una calle demasiado ancha puede ganar árboles, sombra, bancos y zonas verdes. Lo que parecía un residuo puede convertirse en una joya.

Mural el López Gómez - Villimy CC BY SA 4.0

Además, hay proyectos que de haberse concluido habrían destrozado la ciudad que ahora conocemos. El plan Cort, de 1938, un proyecto que pretendía abrir grandes avenidas, se quedó a medias. Es por eso que ahora hay zonas como la calle Esgueva, con un ancho desmesurado, que de haberse continuado habría destrozado todavía más casco histórico o en vez del parque de la Rosaleda, tendríamos una estación de autobuses en plena rivera.

Y, cuando tenga sentido terminar algo, no tiene por qué hacerse como se pensó en otro tiempo. Acabar una obra no siempre significa reproducir un plan antiguo. También puede significar reinterpretarlo con la técnica, los criterios y las necesidades del presente. En muchos casos, ahí aparece un margen para corregir, adaptar y volver a pensar la ciudad. Y una ciudad que es capaz de hacerlo sigue estando viva.

Porque una ciudad nunca se termina del todo. Y en Valladolid, lo inacabado no es solo la huella de lo que faltó. Puede ser también una forma de soñar lo que puede llegar a ser.

Queda Valladolid para rato.

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Interesante enfoque. Aun así, creo que hay una línea fina entre aceptar lo inacabado como identidad y resignarse a que las cosas no se terminen bien. Entender el pasado está bien, pero el reto es no repetirlo.

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¿Somos los pucelanos/as demasiado optimistas, o nos creemos que podemos alcanzar la luna y luego nos llevamos “el chasco”?

Tampoco creo que podamos generalizar, pero a lo mejor sí que hay esta mirada de compararnos con Madrid e intentar hacer lo más grandioso, como ese hermano pequeño que quiere ser visible.